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Ya no soy esclavo del alcohol

6.5.10

Un poco de alcohol puede ir bien con una comida o contribuir a la alegría de una celebración. No obstante, el consumo de alcohol tiene graves consecuencias para ciertas personas. Veamos el relato de un hombre que logró romper las cadenas del alcoholismo.
AUNQUE han pasado muchos años, aún es doloroso para mí hablar sobre la tensión que reinaba en casa cuando yo era niño. Mis padres se ponían a beber, y papá terminaba golpeando a mamá. A veces yo me convertía en el objeto de sus rápidos puños. Tenía apenas cuatro años cuando ellos decidieron separarse, y recuerdo que me llevaron a vivir con mi abuela materna.
Yo sentía que nadie me quería. Con solo siete años, bajaba a escondidas al sótano para beber vino casero, pues eso parecía aliviar mi tristeza. Cuando tenía 12 años, mi madre y mi abuela se enzarzaron en una discusión acalorada acerca de mí. Mamá se enojó tanto que me lanzó una horqueta, pero logré esquivarla. Esa no fue la única ocasión en que mi vida estuvo en peligro. Sin embargo, las cicatrices físicas que me quedaron no fueron tan profundas como las cicatrices emocionales.
A los 14 años ya era un bebedor habitual, y a los 17 me fui de casa. Tomar alcohol aumentaba mi confianza, así que me ponía muy agresivo y causaba muchos problemas en los bares de la localidad. Beber era mi único placer en la vida. En un solo día tomaba hasta cinco litros [5 cuartos de galón] de vino y varias cervezas, así como bebidas fuertes.
Cuando me casé, mi afición a la bebida le causó enormes problemas a mi esposa. Se acumularon el resentimiento y la amargura, y acabé golpeando tanto a ella como a mis hijos, reproduciendo así el ambiente destructivo en el que me había criado. Casi todo el dinero que ganaba lo gastaba en alcohol. Como no teníamos muebles, mi esposa y yo dormíamos en el piso. Mi vida no tenía ningún sentido, y no hacía nada por mejorar la situación.
Un día hablé con un testigo de Jehová. Le pregunté por qué había tanto sufrimiento, y él me mostró en la Biblia la promesa divina de un mundo libre de problemas. Eso me convenció de que debía estudiar la Biblia con los Testigos. A medida que ponía en práctica las enseñanzas bíblicas y reducía el consumo de alcohol, nuestra vida familiar fue mejorando muchísimo. No obstante, comprendía que si quería servir a Jehová Dios como a él le agrada, tenía que superar mi problema con la bebida. Después de tres meses de lucha, conseguí librarme del alcohol. Seis meses más tarde dediqué mi vida a Dios y lo simbolicé mediante el bautismo.
Gracias a que me liberé de la esclavitud al alcohol, logré pagar todas mis deudas y pude comprar una casa y un automóvil, el cual usamos para ir a las reuniones cristianas y para predicar. Por fin he logrado tener autoestima.
A veces me ofrecen una bebida en reuniones sociales. Muchos no están al tanto de que tengo una enorme lucha interna y de que con un solo trago podría volver a mis anteriores caminos. Mi deseo de tomar alcohol es aún persistente. Se requiere mucha oración y determinación para tener la fortaleza de rechazar un trago. Cuando tengo sed, la sacio con cualquier bebida que no sea alcohólica. No he probado ni una sola gota de alcohol durante los últimos diez años.
Jehová puede lograr lo que el hombre no puede. Él me ha ayudado a conseguir una libertad que jamás creí posible. Aún perduran las cicatrices emocionales de mi niñez, y libro una batalla continua contra pensamientos negativos. Por otro lado, he sido bendecido con una buena relación con Dios, una congregación de verdaderos amigos y una maravillosa familia que también sirve a Jehová y que me apoya incondicionalmente en mi lucha contra el alcohol. Mi esposa dice: “Antes, mi vida era un infierno. Pero ahora estoy muy agradecida a Jehová por tener una feliz vida familiar con mi esposo y mis dos hijos”. (Colaboración.)
[Comentario de la página 21]
A los 14 años ya era un bebedor habitual
[Comentario de la página 22]
Jehová puede lograr lo que el hombre no puede
LA BIBLIA Y EL ALCOHOL
▪ La Biblia no condena el uso del alcohol. Más bien, indica que el “vino que regocija el corazón del hombre mortal” es un regalo de Dios (Salmo 104:14, 15). Las Escrituras también emplean la vid como símbolo de prosperidad y seguridad (Miqueas 4:4). De hecho, el primer milagro que realizó Jesucristo fue transformar agua en vino en un banquete de bodas (Juan 2:7-9). Y cuando el apóstol Pablo se enteró de los “frecuentes casos de enfermedad” de Timoteo, le recomendó que bebiera “un poco de vino” (1 Timoteo 5:23).
▪ Lo que la Biblia condena es beber en exceso:
  “En el reino de Dios no tendrán parte [...] los borrachos.” (1 Corintios 6:9-11, La Palabra de Dios para Todos, 2000.)
  “No anden emborrachándose con vino, en lo cual hay disolución.” (Efesios 5:18.)
  “¿Quién tiene el ¡ay!? ¿Quién tiene desasosiego? ¿Quién tiene contiendas? ¿Quién tiene preocupación? ¿Quién tiene heridas sin causa? ¿Quién tiene deslustre de ojos? Los que se quedan largo tiempo con el vino, los que entran en busca de vino mezclado. No mires el vino cuando rojea, cuando luce centelleante en la copa, cuando baja con suavidad. A su fin muerde justamente como una serpiente, y segrega veneno justamente como una víbora. Tus propios ojos verán cosas extrañas, y tu propio corazón hablará cosas perversas.” (Proverbios 23:29-33.)
  Como muestra el artículo acompañante, algunos que han tenido problemas con el alcohol han tomado la prudente decisión de abstenerse por completo de él (Mateo 5:29).

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