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Un secreto bien guardado

5.5.10

“Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre; la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.” (DECLARACIÓN UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS.)
LA PRÓXIMA vez que le ponga azúcar al café, piense en Prevot, un haitiano a quien le prometieron un buen trabajo en otro país caribeño, pero, en cambio, lo vendieron por 8 dólares.
Prevot comparte la suerte de miles de esclavos compatriotas suyos: durante seis o siete meses se les obliga a cortar caña de azúcar por muy poco dinero o ninguno, mientras viven apiñados en deplorables condiciones sanitarias. Los despojan de sus pertenencias y a cambio reciben machetes. Para comer, tienen que trabajar, y si intentan escapar, pueden golpearlos.
Piense en el caso de Lin-Lin, una joven del sudeste asiático. Ella tenía 13 años cuando murió su madre. Una agencia de empleos le prometió un buen trabajo y la compró a su padre por 480 dólares, diciendo que era “un anticipo de su sueldo”, un método eficaz para mantenerla atada de por vida a sus nuevos propietarios. En lugar de darle un trabajo decente, la llevaron a un burdel. Allí, los clientes pagan al dueño 4 dólares por cada hora que pasan con ella. Lin-Lin es prácticamente una prisionera, pues no puede irse hasta que salde su deuda, que incluye el precio que el dueño del burdel pagó por ella, además de intereses y otros gastos. Si no accede a los deseos de su propietario, este puede golpearla o torturarla. Peor aún, puede asesinarla si trata de escapar.
¿Libertad para todos?
La mayoría de la gente no cree que aún exista esclavitud. Al fin y al cabo, después de una multitud de convenciones, declaraciones y leyes, casi todos los países la han declarado oficialmente abolida. Por todas partes se oyen expresiones vehementes de desprecio contra la esclavitud; las naciones la prohíben en sus leyes, y su abolición se consagra en documentos internacionales, entre los que destaca el artículo 4 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, antes citado.
No obstante, la esclavitud sigue viva, y bien viva, aunque para algunos sea un secreto bien guardado. De Phnom Penh a París, de Bombay a Brasilia, se obliga a millones de congéneres nuestros —hombres, mujeres y niños— a vivir y trabajar como esclavos o en condiciones de esclavitud. La asociación más antigua que persigue el trabajo forzado, Anti-Slavery International, con sede en Londres, calcula la cantidad de personas esclavizadas en cientos de millones. A decir verdad, es posible que haya más esclavos en el mundo hoy día que nunca antes.
Por supuesto, las típicas imágenes de grilletes, látigos y subastas ya no caracterizan a la esclavitud del día moderno. Entre las formas más conocidas de esclavitud contemporánea están el trabajo forzado, el matrimonio servil, la tiranía de la deuda, el trabajo infantil y, con frecuencia, la prostitución, por mencionar solo algunas. Los esclavos pueden ser concubinas, jinetes de camellos, cortadores de caña, tejedores de alfombras o constructores de carreteras. Es cierto que a la gran mayoría no se les vende en una subasta pública, pero en realidad no les va mejor que a sus predecesores; en algunos casos, su vida es hasta más trágica.
¿Quiénes son los esclavos? ¿Cómo llegaron a serlo? ¿Qué se está haciendo para ayudarlos? ¿Se acerca la abolición completa de la esclavitud?
[Ilustración y recuadro de la página 4]
¿EN QUÉ CONSISTE LA ESCLAVITUD MODERNA?
  Esta es una pregunta que hasta las Naciones Unidas hallan difícil de contestar después de años de intentarlo. La Convención sobre la Esclavitud celebrada en 1926 formuló la siguiente definición: “Esclavitud es el estado o condición de una persona sobre quien se ejerce uno o todos los poderes relacionados con el derecho de propiedad”. Aun así, la definición se presta a interpretaciones. Según la periodista Barbara Crossette, “se etiqueta como esclavitud el trabajo mal pagado de las industrias del vestido y de ropa deportiva en el extranjero y de los talleres clandestinos en ciudades estadounidenses. Se invoca para condenar la industria del sexo y el trabajo en las prisiones”.
  Mike Dottridge, presidente de Anti-Slavery International, cree que “como la esclavitud parece adoptar nuevas formas —o, más bien, como la palabra se está aplicando a más situaciones—, existe el peligro de que su significado se diluya o hasta se pierda”. Él piensa que “la esclavitud se identifica por un elemento de propiedad o de control sobre la vida de otra persona”. Incluye coacción y restricción de movimientos: el hecho de que “alguien no es libre de retirarse, de cambiar de patrono”.
  A. M. Rosenthal escribió para el periódico The New York Times lo siguiente: “Los esclavos llevan vida de esclavos: trabajo opresivo, violación, hambre, tortura, una total degradación”. Y añadió: “Con cincuenta dólares se compra un esclavo, de modo que en realidad no preocupa [a los dueños] cuánto viva antes de que su cuerpo sea arrojado a algún río”.
[Reconocimiento]
Ricardo Funari

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