La Violencia contra los Niños

“Tengo siete años”

Diario de una criatura no nacida.

Vídeos de maltrato infantil

Palabras duras, ánimos abatidos

5.5.10

“¡Torpe, más que torpe!” Una señora japonesa recuerda muy bien esas palabras. Se las decían muchas veces cuando era pequeña. ¿Quiénes?, ¿sus condiscípulos?, ¿sus hermanos? No; sus padres. Ella recuerda: “Los insultos me herían tanto que me sentía deprimida”.
Un hombre de Estados Unidos no olvida el temor y la inquietud que sentía de niño cuando su padre llegaba a casa. “Hasta el día de hoy, todavía me parece oír el sonido de los neumáticos frente a la casa —dice—, y me entran escalofríos. Mi hermanita se escondía. Mi padre era un perfeccionista y siempre nos intimidaba por no realizar lo bastante bien todas nuestras tareas asignadas.”
La hermana de este señor añade: “No recuerdo ni una sola vez que mi padre o mi madre nos haya abrazado, nos haya besado o nos haya dicho algo como ‘Te quiero’ o ‘Me siento orgulloso de ti’. Y a un niño, no oír nunca ‘Te quiero’ le comunica lo mismo que oír todos los días de su vida: ‘Te odio’”.
HAY quienes tal vez digan que la angustia que padecieron estas personas durante su infancia fue irrelevante. Cierto, es bastante común que los niños sean el blanco de palabras duras y crueles, así como de malos tratos. No es una noticia que se destaque en los titulares y programas televisivos sensacionalistas. El daño no se ve. Pero si los padres maltratan a sus hijos de esa manera día tras día, los efectos pueden ser demoledores y perdurar toda la vida.
Considere el seguimiento que se hizo en 1990 de un estudio efectuado en 1951 en el que se examinaron los métodos de crianza utilizados con un grupo de niños de cinco años. Los investigadores lograron localizar a muchos de aquellos niños, para entonces ya de mediana edad, a fin de ver los efectos a largo plazo de la crianza recibida. Del nuevo estudio se concluyó que aquellos a los que peor les había ido en la vida, que carecían de bienestar emocional y que habían experimentado dificultades en el matrimonio, con las amistades y hasta en el trabajo, no fueron necesariamente los que tuvieron padres pobres, ni los que los tuvieron ricos, ni siquiera los de padres claramente atribulados. Fueron aquellos cuyos padres habían sido distantes y fríos, y que les habían mostrado poco o ningún afecto.
Esta conclusión no es más que un pálido reflejo de una verdad que se puso por escrito hace casi dos mil años: “Padres, no estén exasperando a sus hijos, para que ellos no se descorazonen”. (Colosenses 3:21.) El abuso verbal y emocional por parte de los padres exaspera a los hijos y puede contribuir a que estos acaben descorazonados.
Según el libro Growing Up Sad (Cuando los niños crecen tristes), hace relativamente poco tiempo los médicos pensaban que no existía la depresión infantil. Pero el tiempo y la experiencia han demostrado lo contrario. Los autores del mencionado libro afirman que hoy día la depresión infantil es un mal reconocido, y bastante común. Dicen que entre los factores que la provocan están el rechazo y el maltrato por parte de los padres. Y añaden: “En algunos casos el progenitor ha sometido al niño a un constante bombardeo de críticas y humillaciones. En otros casos simplemente existe un vacío en la relación padre-hijo: el padre nunca expresa al hijo el amor que siente por él. [...] Los efectos que se observan en los hijos de ese tipo de padres son particularmente trágicos, pues el amor es para un niño —y para un adulto— lo que la luz y el agua para una planta”.
Al percibir el amor de los padres, si estos se lo manifiestan clara y abiertamente, los niños aprenden una verdad importante: son seres dignos de ser amados, son personas de valía. Muchos confunden este concepto con una forma de arrogancia, de amarse a uno mismo por encima de los demás. Pero en este contexto no tiene ese sentido. Una escritora especializada en estos temas dijo lo siguiente en su libro: “El concepto que el niño tiene de sí mismo influye en la elección de sus amigos, en la forma en que se lleva con los demás, en la clase de persona con la que se ha de casar y en la medida de lo productivo que será en el futuro”. La Biblia reconoce lo importante que es tener una opinión equilibrada, no egotista, de uno mismo, cuando especifica que el segundo mandamiento más importante es: “Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo”. (Mateo 22:38, 39.)
Cuesta imaginar que un padre o una madre normales quieran destrozar algo tan importante y frágil como la autoestima de un niño. ¿Por qué entonces sucede tan a menudo? ¿Y cómo puede evitarse?
[Nota]
En japonés, noroma baka!

0 comentarios:

Busca poemas de amor y mistad