La Violencia contra los Niños

“Tengo siete años”

Diario de una criatura no nacida.

Vídeos de maltrato infantil

“Los niños son delicados”

5.5.10

‘Los niños son delicados; iré poco a poco, a su paso.’—Jacob, padre de muchos hijos, siglo XVIII a.E.C.
EL MALTRATO infantil no es algo nuevo. Algunas civilizaciones antiguas —como la azteca, la cananea, la inca y la fenicia— fueron notorias por su infame práctica de ofrecer a los niños en sacrificio. Excavaciones realizadas en la ciudad fenicia de Cartago (actualmente un barrio de Túnez, África del Norte) pusieron al descubierto que, entre los siglos V y III a.E.C., se inmolaron nada menos que 20.000 niños al dios Baal y a la diosa Tanit. Dicha cifra resulta aún más espantosa si se tiene en cuenta que, según datos documentales, cuando la ciudad estaba en todo su apogeo, la población ascendía solo a unos 250.000 habitantes.
Sin embargo, hubo una sociedad que fue distinta. Pese a estar rodeada de vecinos que eran crueles con los niños, la nación de Israel descolló por su trato a los menores. El padre de esta nación, el patriarca Jacob, puso el modelo. Según el libro bíblico de Génesis, cuando se hallaba de camino a su tierra natal, Jacob reguló el paso de toda su escolta para no fatigar a los más pequeños. “Los niños son delicados”, dijo. Para entonces, sus hijos tendrían entre 5 y 14 años (Génesis 33:13, 14). Sus descendientes, los israelitas, demostraron el mismo respeto por las necesidades y la dignidad de los niños.
Ciertamente, los niños de tiempos bíblicos tenían mucho que hacer. Al crecer, los muchachos recibían de su padre instrucción práctica en la agricultura y la ganadería, o en un oficio, como la carpintería (Génesis 37:2; 1 Samuel 16:11). Mientras estaban en casa, las muchachas aprendían de la madre las tareas domésticas que les servirían en la vida adulta. Raquel, esposa de Jacob, fue pastora de joven (Génesis 29:6-9). Las muchachas trabajaban en la recolección de la mies y en las viñas (Rut 2:5-9; Cantar de los Cantares 1:6). Estas tareas solían efectuarlas bajo la dirección amorosa de sus padres, e iban combinadas con la educación.
Al mismo tiempo, los niños israelitas disfrutaban de descanso y entretenimiento. El profeta Zacarías habló de ‘plazas públicas de la ciudad llenas de niños y niñas que jugaban en ellas’ (Zacarías 8:5), y Jesucristo mencionó a niños que se sentaban en las plazas a tocar la flauta y a bailar (Mateo 11:16, 17). ¿Qué había detrás de este trato digno a los niños?
Principios elevados
Mientras los israelitas obedecieron las leyes de Dios, nunca abusaron de sus hijos ni los explotaron (compárese Deuteronomio 18:10 con Jeremías 7:31). Veían a sus hijos como “una herencia de parte de Jehová”, “un galardón” (Salmo 127:3-5); los consideraban como “plantones de olivos todo en derredor de [su] mesa”, siendo el olivo un árbol de inmenso valor para aquella sociedad agrícola (Salmo 128:3-6). El historiador Alfred Edersheim apunta que además de las palabras para hijo e hija, el hebreo antiguo disponía de nueve términos para los niños, cada uno de los cuales expresaba una diferente etapa de la vida. “No cabe duda —concluye— de que aquellos que observaban con tanta atención la vida de los niños como para designar con un término gráfico cada etapa progresiva de su existencia, tuvieron que sentir un gran cariño por sus hijos.”
En la época cristiana se exhortaba a los padres a tratar a sus hijos con dignidad y respeto. Jesús puso un excelente ejemplo en el trato que dio a los hijos de otras personas. En cierta ocasión, llegando al final de su ministerio terreno, la gente empezó a llevarle sus niños. Al parecer, los discípulos pensaron que Jesús estaba muy ocupado y trataron de impedir que lo molestaran; pero él los reprendió y les dijo: “Dejen que los niñitos vengan a mí; no traten de detenerlos”. Incluso “tomó a los niños en los brazos”. Es obvio que Jesús consideraba a los niños valiosos y dignos de ser tratados con bondad (Marcos 10:14, 16; Lucas 18:15-17).
Más tarde, el apóstol Pablo dijo a los padres: “No estén exasperando a sus hijos, para que ellos no se descorazonen” (Colosenses 3:21). En armonía con este mandamiento, los padres cristianos, de entonces y del día presente, nunca someterían a sus hijos a condiciones laborales abusivas. Comprenden que el desarrollo físico, emocional y espiritual de sus hijos requiere un entorno amoroso y seguro. El afecto de los padres debe ser tangible, lo que incluye evitar que los hijos trabajen en condiciones debilitantes.
Realidades presentes
Por supuesto, vivimos en “tiempos críticos, difíciles de manejar” (2 Timoteo 3:1-5). Debido a las duras realidades económicas, en muchos países hasta las familias cristianas se ven obligadas a dejar que sus hijos se incorporen al mundo laboral. Como ya hemos visto, no hay nada malo en el trabajo sano y educativo para los niños, pues promueve y estimula su desarrollo físico, mental, espiritual, moral y social sin entorpecer la escolarización, las actividades recreativas equilibradas y el descanso necesario.
Sin duda, los padres cristianos desean tener a sus hijos trabajando bajo su propia supervisión amorosa, no prácticamente como esclavos de empleadores crueles, insensibles o sin escrúpulos. Se aseguran de que sus hijos realicen tareas que no los expongan al abuso físico, sexual o emocional, y los mantienen cerca de ellos. Así pueden desempeñar la función de educadores espirituales que les ha asignado la Biblia: “Tienes que [inculcar] en tu hijo [las palabras de Dios] y hablar de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino y cuando te acuestes y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:6, 7).
Además, a los cristianos se nos manda mostrar sentimientos de compañero, tener cariño y ser tiernamente compasivos (1 Pedro 3:8). Se nos insta a que “obremos lo que es bueno para con todos” (Gálatas 6:10). Si estas cualidades han de mostrarse a la gente en general, ¡cuánto más a nuestros hijos! En consonancia con la Regla de Oro —“todas las cosas que quieren que los hombres les hagan, también ustedes de igual manera tienen que hacérselas a ellos”—, los cristianos no deberíamos nunca explotar a los hijos ajenos, sean de nuestros hermanos en la fe o no (Mateo 7:12). Además, siendo observantes de la ley, debemos cuidar de no violar las leyes gubernamentales sobre la edad límite de los trabajadores (Romanos 13:1).
La solución verdadera
¿Qué nos deparará el futuro? Tanto a los niños como a los adultos les aguardan tiempos mejores. Los cristianos verdaderos confían en que la solución permanente a la problemática del trabajo infantil yace en un gobierno mundial venidero que la Biblia llama “el reino de los cielos” (Mateo 3:2). Las personas piadosas han orado por él durante siglos al decir: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Efectúese tu voluntad, como en el cielo, también sobre la tierra” (Mateo 6:9, 10).
Entre otras cosas, este Reino eliminará las condiciones que causan el trabajo infantil. Erradicará la pobreza. “La tierra misma ciertamente dará su producto; Dios, nuestro Dios, nos bendecirá” (Salmo 67:6). El Reino de Dios garantizará a todos una educación adecuada basada en cualidades piadosas. “Cuando hay juicios procedentes de [Dios] para la tierra, justicia es lo que los habitantes de la tierra productiva ciertamente aprenden.” (Isaías 26:9.)
El gobierno de Dios abolirá los sistemas económicos que fomentan la desigualdad. Ya no habrá lugar para la discriminación por motivos de raza, posición social, edad o sexo, pues la ley primordial de dicho gobierno será la ley del amor, incluido el mandamiento: “Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Bajo tal gobierno mundial justo, el problema del trabajo infantil será completamente eliminado.
[Nota]
No por esto se degradaba a las mujeres a la posición de miembros de segunda categoría que no servían más que para trabajar en la casa o el campo. La descripción de la “esposa capaz” que se da en el libro de Proverbios revela que la mujer casada no solo podía atender una casa, sino también efectuar transacciones de bienes raíces, plantar un campo productivo y administrar un pequeño negocio (Proverbios 31:10, 16, 18, 24).
[Recuadro de la página 12]
Dejó libres a sus chicas
  DURANTE quince años Cecilia fue la dueña y administradora de varios burdeles en una isla del Caribe. Adquiría de doce a quince chicas a la vez, en su mayoría menores de 18 años, a quienes retenía a la fuerza en compensación por las deudas que sus familias habían contraído. Cecilia saldaba las cuentas y se llevaba a las jóvenes a trabajar para ella. Con lo que estas ganaban, cubría los gastos de manutención y utilizaba una parte para amortizar el precio de compra inicial. Las muchachas tardaban años en recuperar la libertad, y tenían totalmente prohibido salir de la casa a menos que les acompañara un vigilante.
  Cecilia recuerda muy bien un caso en especial. La madre de una de las jóvenes prostitutas venía todas las semanas a recoger cajas de comida que su hija había ganado “trabajando”. La chica, que tenía un hijo, no podía liquidar la deuda y no tenía esperanza alguna de ser libre. Un día se suicidó tras dejar una nota en la que encomendaba a Cecilia el cuidado de su hijo. Esta crió al muchacho junto con sus cuatro hijos.
  Una de sus hijas empezó a estudiar la Biblia con unos misioneros testigos de Jehová. Se animó a la madre para que se uniera al estudio, pero esta se excusó diciendo que no sabía leer ni escribir. No obstante, al oír las conversaciones bíblicas, fue percibiendo el amor y la paciencia de Dios, y llegó a valorar su perdón (Isaías 43:25). Movida por el deseo de estudiar la Biblia por sí misma, aprendió a leer y escribir. Al aumentar su conocimiento bíblico, vio la necesidad de someterse a las elevadas normas morales de Dios.
  Un día, para sorpresa de las chicas, les dijo que tenían permiso para irse y les explicó que lo que habían estado haciendo era algo muy desagradable a Jehová. Ninguna le devolvió el dinero que le debía; sin embargo, dos se fueron a vivir con ella. Posteriormente, otra se hizo Testigo bautizada. Hace once años que Cecilia es maestra de la Biblia de tiempo completo y así colabora para que otras personas se liberen de las prácticas que deshonran a Dios.
[Nota]
No es su verdadero nombre.

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