La Violencia contra los Niños

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El gozo de estar con los hijos

6.5.10

QUIENQUIERA que escribió para lectores de habla inglesa el dicho de que los hijos están hechos de ‘azúcar y especia y todo lo que es delicia’ dejó fuera una parte de la receta. Los niños a veces también tienen un espíritu quisquilloso, una curiosidad impetuosa y una tendencia hacia el ser sagaces y traviesos. (Pro. 22:15) Pero sea cual sea su modo de ser, damos gracias a Dios por ellos, porque el estar con los hijos puede producirnos intenso gozo.
La autora inglesa Mary Howitt escribió en una ocasión: “Dios envía a los hijos con más propósito que simplemente conservar la raza... para ensanchar nuestros corazones; y para hacernos altruistas y llenos de bondadosas compasiones y cariños; . . . Mi alma bendice al gran Padre, todos los días, por haber alegrado la Tierra con niñitos.” Sin duda hay muchas personas que diariamente se sienten igualmente impelidas a darle gracias a Dios por alegrar la Tierra con los niñitos.
Hay algo inmensamente remunerador tocante a estar con los hijos. Hay momentos en que una “chispa” salta de un padre a un hijo, o de una madre a una hija, cuando hacen juntos algo especial y la memoria lo sella. Por ejemplo, había una casa que tenía un alto techo puntiagudo que descollaba sobre todas las casas de campo circunvecinas y daba al mar. En este techo, cerca de la parte superior, había un escotillón al cual solo se podía llegar por una escalera apuntalada en el piso del desván. Los niños a menudo jugaban en el desván, pero ninguno de ellos subía hasta el escotillón. Para eso se necesitaría permiso del padre.
Un día despejado el padre del muchacho subió allá. Le echó un vistazo al escotillón. “Debe haber una vista magnífica desde allí,” le dijo a su hijo. “¿Por qué no echamos un vistazo?” El muchacho empezó a sentir que el corazón le latía con violencia y también dejó vislumbrar un poco de temor al levantar la mirada. Pero el padre no perdió tiempo en probar la escalera. “A ver, sube,” dijo. “Yo estoy aquí detrás de ti.” El padre desenganchó la aldaba y el escotillón se abrió, deslizándose. De súbito, una escena nueva y emocionante se desplegó ante los ojos deslumbrados del muchacho.
El padre había subido al techo muchas veces, pero sabía que su hijo estaba deseoso de ver la vista desde allí. Allí estaba el mar, pero, ¡qué mar! gigantesco, aparentemente ilimitado, resplandeciendo con retacitos de luz del Sol. Años más tarde el muchacho dijo: “Me acuerdo de aquel momento en que estuve en el techo con mi padre como si hubiera sucedido ayer.” El padre, también, lo recordaba. Aquel fue un momento especial compartido por los dos que ninguno de ellos olvidó jamás.
Experiencias como ésas nos enseñan que una relación con los hijos puede ser mutuamente remuneradora. Cada parte afecta a la otra. Cuando los adultos muestran perspicacia amorosa, se produce felicidad en los hijos. Cuando los hijos son sabios en su comportamiento, se produce alegría en los padres. “El padre de un justo sin falta estará gozoso,” dice el proverbio inspirado. “El que llega a ser padre de un sabio también se regocijará en él. Tu padre y tu madre se regocijarán.” (Pro. 23:24, 25) De modo que hay una acción recíproca. “La corona de los ancianos son los nietos, y la hermosura de los hijos son sus padres.”—Pro. 17:6.
Los gozos más intensos
Un hombre puede lograr fama literaria o artística, pero aun mayor puede ser la recompensa de compartir la vida con sus propios hijos. Un padre cristiano de tres hijos orgullosamente reconoció que íntimamente le emocionaba ir a las reuniones cristianas con sus hijos y verlos participar en ellas activamente. “Le da a uno una sensación de orgullo,” dijo él.
Una madre también describió este mismo gozo intenso al decir: “El haber tenido el privilegio de ayudar a ocho personas a llegar a conocer a Dios y a dedicarse a Él ha sido una preciosa bendición para mí. Pero ni siquiera tan grande privilegio se puede comparar con el gozo intenso que sentí cuando mi hija mayor, que tiene diecisiete años, expresó su propio deseo de dedicar su vida a servir a Jehová. Fue un momento conmovedor que jamás en mi vida olvidaré. Me hizo intensamente feliz el pensar que el entrenamiento y enseñanza que di no cayeron en oídos sordos, sino que se arraigaron en el corazón de mi hija, señalándole el camino a la vida.”
La diferencia que producen los hijos
En el instante que nace un bebé hay el gozo de ser una nueva madre y un nuevo padre. El tener a su propio bebé recién nacido en los brazos por primera vez es una emoción inolvidable. Un esposo no quiso tomar a su hija en los brazos por nada del mundo, pero le habló y le tocó levemente la cara con el dedo para ver si se sonreía con él. Se le dibujó en el rostro una anchísima sonrisa cuando la diminuta mano de ella se afianzó del dedo de él.
Luego hay el andar de puntillas en el cuarto dormitorio solo para echarle un vistazo al precioso montoncito que yace durmiendo, con su delicado rostro vuelto hacia el de uno. Uno lo ve crecer.
Pronto esos deditos que primero se afianzaban de uno tan fuertemente y exploraban su rostro están agarrando objetos apreciados y metiéndose en todo. Las rojizas rodillas con sus hoyuelos y las piernas que se bambolean súbitamente llegan a estar sucias y magulladas por el subir a los árboles y saltar la cuerda. Los sonidos gorgoteadores que solían decir “mamá” y “papá” ahora están pidiendo esto y aquello.
Un padre reconoció que su primer hijo alteró todo su punto de vista sobre la vida. “Mientras me acerco a casa después de un día de trabajo duro y mi hijo viene corriendo hacia mí con los brazos extendidos, diciendo: ‘¡Papacito! ¡Papacito!,’ pues, él hace que todo parezca valer la pena.” Ese padre agregó: “A veces el simplemente sentarme a la mesa y observar a los niños cuando comen y hablan de los sucesos del día es sumamente deleitable. Es una ocasión en que se les puede hablar y preguntar en cuanto a cómo se sienten y cómo se han portado. ¡Qué gozo es saber que la disciplina que uno ha dado ha tenido buenos resultados!”
Otro padre dijo: “¡Qué placer hay en levantar en los brazos a los niños y apretarlos con cariño amoroso! También produce un contentamiento interior el saber que ellos lo echan de menos a uno, que lo aman y desean estar con uno. El ver a los niños revolcarse, reírse felizmente y jugar inocentemente, completamente ajenos a las inquietudes del mundo, de veras es en sí una maravilla que ha llegado a apreciar.”
Es verdad que la manera de actuar de los niñitos también puede causar inquietud a veces. Una madre dijo que ‘parece que una pasa toda su vida corriendo tras sus hijos, recogiendo basura, reparando daños y quitándoles objetos afilados.’ Hasta Jesús en su niñez dio a sus padres momentos de inquietud. Pero, ¡qué inefable gozo era el de María mientras “guardaba cuidadosamente todos estos dichos [del niño] en su corazón.”—Luc. 2:41-52.
Aprendiendo de los hijos
La autora norteamericana Lydia H. Sigourney dijo: “Hablamos de educar a nuestros hijos. ¿Sabemos que nuestros hijos también nos educan?” Esta realidad puede ser una revelación alarmante para muchos adultos. Fue el hombre Jesucristo quien colocó un alto valor en los niños, en su manera sencilla de hablar sin ambages y en su sinceridad genuina. Dijo que los niños tienen algunos rasgos que les conviene a los adultos imitar. ¡En una ocasión Jesús usó a un niñito para enseñarles a sus apóstoles una lección de humildad! “Verdaderamente les digo: A menos que se vuelvan y lleguen a ser como niñitos, de ninguna manera entrarán en el reino de los cielos.”—Mat. 18:1-6.
Los hijos deben aprender gobierno de sí mismos de parte de sus padres. Pero un padre de tres hijos aprendió la belleza del gobierno de sí mismo de parte de su hijo. Una noche los tres hijos estaban arguyendo entre sí. El padre les dijo firmemente, como consejo, que los cristianos no se comportan así. No mucho después de eso el padre y la madre se envolvieron en una disputa acalorada en cuanto a cierto asunto trivial. El niño de nueve años interrumpió el argumento: “Tú nos dices que no debemos reñir, pero tú y mamá están riñendo.” Había lágrimas en los ojos del muchacho. “Las palabras de mi hijo me atravesaron el corazón,” confesó el padre. “Él tenía razón. Yo estaba predicando algo que yo mismo no estaba practicando. Ahora tenemos cuidado cuando nos hablamos el uno al otro, y esto ha hecho nuestro hogar un lugar más feliz... gracias a nuestros hijos.”
Pensando como los jóvenes
Las personas de mayor edad le deben mucho a los hijos por mantenerlos pensando como jóvenes. Un matrimonio reconoció más o menos esto, al decir: “Descubrimos que el ir con los hijos nos mantiene física y mentalmente activos para con las cosas interesantes. Las escuelas llevan a los niños a diversos parques, jardines zoológicos y museos y otros lugares interesantes. Si los niños quedan impresionados, nos instan a ir a estos lugares como grupo de familia, lo cual, por supuesto, hace la vida más estimulante en los años posteriores. Y, también, como personas de mayor edad nos encontramos jugando pelota, saltando la cuerda, rodando en el suelo con ellos, construyendo castillos en la arena de las playas, hasta bailando y cantando, cosas que por lo común simplemente no haríamos, si los niños no estuvieran allí para aguijonearnos a ello.”
Cuando los niños juegan, ¡qué intensamente viven! Por medio del juego ejercitan la mente y el cuerpo. Los adultos que juegan con ellos encuentran que algo de esa vida se les pega... ¡qué alborozador eso!
También, al jugar con los niños uno tiene que ser persona de la clase que a los niños les agrade, pues, si no lo es, quizás rehúsen jugar. A los niños les agrada la persona que es amigable, que se interesa, que es alegre pero que no es intrusa, y, hablando de eso, lo mismo pasa con los adultos. En consecuencia, el jugar con los niños llega a ser emocionalmente estimulante para los adultos.
Intimidades atesoradas
Los niños abrigan sentimientos definidos en cuanto a las cosas. El saber cómo manejar estos sentimientos con tacto y firmeza puede establecer la diferencia entre un campo de batalla y un vínculo feliz. Una madre dice que su hija se sintió triste porque recibió menos regalos que su hermano. La madre cogió en sus brazos a la niña y le aseguró que ella la amaba tanto como a aquél, pero que así era como habían resultado las cosas, que la siguiente vez quizás sucediera lo contrario. La niña quedó satisfecha con la explicación. Abrazó a su madre y se fue sonriendo. Todo lo que necesitaba era la seguridad de que no había habido rompimiento en la relación amorosa de ellas. La madre apreció el que su hija se hubiera preocupado.
Un padre dice que un día llovió cuando la familia iba a ir a un día de campo. Su hijo lloró. El padre lo llevó a un lado y le explicó: “Tu papá no fue el culpable de que lloviera, ¿verdad? En la vida tu papá no siempre consigue lo que desea tampoco, pero tenemos que aprender a aceptar las cosas como son.” Eso fue todo lo que se necesitó para que el niño dejara de estar triste. Todo lo que necesitaba era garantía de que su padre se preocupaba por él.
“Cuando estuve enferma en la cama,” dijo una madre, “me conmovió el ver a mi hija Sharon, de ocho años, venir a verme y preguntarme si necesitaba algo. Preparó té y lo trajo al lado de la cama. Lavó los trastos y atendió la casa. Su comportamiento de señorita hecha me hizo rebosar de orgullo.”
Momentos inolvidables
Sin duda solo los padres cristianos entienden la emoción secreta del corazón cuando un hijo o una hija muestran interés en Dios. “¿Por qué quieres ir con tu mamá cuando hablamos a otros acerca de la Biblia?” se le preguntó a una niñita de tres años. “Porque quiero servir a Jehová,” dijo ella. “Su respuesta quizás no parezca mucho para otros, pero a nosotros nos conmovió. Podíamos discernir que en ella ya se había desarrollado algún aprecio a Dios,” dijo la madre.
Y un padre cristiano dijo con deleite: “Una noche cuando estaba por hacer la oración al tiempo de acostarnos, mi hijito dijo, ‘Papacito, no tienes que orar por mí hoy. Yo mismo voy a orarle a Jehová.’ Usted no se puede formar idea de lo maravilloso que me hizo sentir oír eso. Mi hijo quiere hablarle a Jehová, pensé para mí mismo, conmovido. Uno no tiene modo de saber si está haciéndose entender de los niños hasta que explotan con algo como eso.”
Disciplina ayuda a mantener el gozo
Debido a la imperfección humana, “la tontedad está atada con el corazón” del niño, dice Proverbios 22:15. De modo que hay otro lado de los niños que hay que considerar. Muy rápidamente aprenden que el chantaje emocional puede ser un negocio provechoso. El nene sabe si puede manipular a sus padres o no. Si puede, lo hace. La palabra clave tocante a los niños es disciplina. Tienen que saber que hay alguien más fuerte y más sabio en la familia. Cuando se administra la disciplina, la situación no es gozosa. Pero muy en el fondo a los niños les satisface el que los padres sean firmes con ellos y tengan el buen juicio y la fuerza que sirva para protegerlos de su tontería y falta de experiencia.
Sin embargo, los niños constantemente están probando, para ver hasta dónde pueden salirse con la suya, y hasta dónde les permiten llegar los padres. Secretamente esperan que sus padres no les permitan demasiadas libertades. El padre que trata de conseguirse el favor de su hijo dándole todo lo que pide y permitiéndole hacer lo que se le antoje, sale perdiendo. Algún día, cuando el muchacho se encuentre en dificultades, dirá: “¿Por qué me permitieron hacerlo? ¿Qué clase de padres son ustedes?” Los padres tienen la culpa por no disciplinar en justicia. Pero cuando se administra disciplina amorosa, el resultado por lo general es feliz.—Heb. 12:11.
Hay un dicho que dice: “Uno no echa de menos el agua hasta que se seca el pozo.” ¡Cuán cierto es eso en lo que toca a los hijos! Cuando se van, se posa un silencio sobre el hogar y hay menos risa. Poco se dan cuenta los hijos del afectuoso cariño que han despertado en sus padres. Aunque los padres esperan que sus hijos crezcan y vivan sus propias vidas, jamás están lo bastante preparados para enfrentarse al vacío que se produce cuando los hijos se van. Sin embargo, el vacío se llena a cierto grado cuando los hijos regresan a casa de vez en cuando para pedir consejo o cuando vienen a visitar a mamá y papá. Hijos, por amor a sus padres no olviden hacer esto, porque ellos disfrutan de estar con ustedes.

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